La Copa del mundial de futbol no se paga en el supermercado

¿Te has fijado en lo fácil que es ganar un Mundial y lo imposible que resulta alquilar un piso de tres habitaciones?

Es fascinante.

Realmente fascinante.

Tenemos a los mejores futbolistas del planeta. Ganamos torneos, levantamos copas y le metemos goles a cualquiera.

Te lo dice alguien que ama este deporte. Soy socio del equipo donde juega Mikel Oyarzabal, es el pichichi de la selección española en este mundial . Me apasiona el fútbol.

Pero una cosa es la pasión y otra muy distinta es la estupidez.

Porque mientras 11 tíos corriendo detrás de un balón consiguen la excelencia absoluta, el país donde viven se cae a pedazos por las esquinas.

Somos campeones del mundo en el campo, y colistas de la división regional en la vida real.

Tienes un sistema de pensiones que es, literalmente, una estafa piramidal a punto de reventar.

Tienes políticos que no sabrían gestionar ni una comunidad de vecinos sin llevarse una comisión por debajo de la mesa.

Y tienes un problema de vivienda insostenible porque no hay oferta, la demanda ahoga a las familias y nadie mueve un solo dedo para solucionarlo.

¿Cómo es posible que seamos capaces de diseñar una estrategia perfecta para ganar un mundial , pero seamos incapaces de solucionar el mayor problema de los ciudadanos?

Muy sencillo: porque al deporte se le exige resultados, y a los políticos solo se les exigen promesas.

En el fútbol, si un entrenador pierde diez partidos seguidos, se va a la calle. Sin contemplaciones.

En la política, si un tipo liquida el futuro de los autónomos, destruye el acceso a la vivienda y revienta la economía cotidiana, le votas de nuevo para que te prometa que la próxima vez será diferente.

Se invierten millones en lo que da titulares y circo, mientras la sanidad, las pensiones y el suelo edificable se dejan pudrir en un cajón.

Nos conformamos con gritar los goles en el bar a las diez de la noche, y a las ocho de la mañana siguiente nos levantamos a pagar la fiesta a base de impuestos salvajes.

Celebrar los goles está muy bien. Nos une, nos alegra el fin de semana y nos da orgullo.

Pero las copas de trofeos no pagan el alquiler de tus hijos, ni van a financiar tu jubilación cuando ya no puedas trabajar más.

Es hora de empezar a exigir a los despachos del gobierno exactamente lo mismo que le exiges al delantero de tu equipo cuando se queda solo delante del portero.

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