¿Cuánto dinero crees que cuesta levantar cuatro paredes y poner un techo sobre tu cabeza?
Te hago otra pregunta más incómoda todavía.
¿Por qué el Estado se lleva casi la mitad de tu esfuerzo antes de que toques los ladrillos?
Verás.
Comprarse una vivienda hoy en día no es un acto de emancipación o de inversión de futuro.
Es, llanamente, un atraco a mano armada con el BOE como licencia para robar.
Te rompes los cuernos trabajando catorce horas diarias como autónomo para ahorrar algo.
Soportas inspecciones, cuotas abusivas y un insomnio galopante que te destroza la salud.
Y cuando por fin juntas cuatro perras para una entrada, aparece la ventanilla pública.
IVA, Actos Jurídicos Documentados, ITP, tasas de licencia, plusvalías encubiertas.
Una lista interminable de siglas diseñadas por burócratas que solo saben gastar lo tuyo.
Te dicen que esos impuestos son para «educación y sanidad», el cuento de siempre.
Pero la realidad es que estás financiando sus coches oficiales y sus asesores inútiles.
Estás pagando el suelo a precio de oro porque ellos mismos estrangulan la oferta.
Crean leyes de vivienda absurdas que solo protegen al que no paga y hunden al currante.
Mientras tanto, tú sigues atrapado en un alquiler asfixiante o encadenado a una hipoteca inflada.
Ellos se llenan la boca hablando de «vivienda digna» desde sus chalets oficiales pagados con tu sudor.
Es una maquinaria perfecta de triturar el ahorro de la clase media y de los autónomos.
Si no te indigna que te quiten el fruto de tus mejores años para mantener su fiesta, tienes un problema.
Te están robando el techo bajo el que duermen tus hijos y les das las gracias en las urnas.
Deja de mirar hacia otro lado mientras desvalijan tu cuenta corriente con total impunidad.
La vivienda no es cara por culpa del mercado; es impagable porque estás manteniendo a un parásito fiscal en cada rincón del ayuntamiento.
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