¿Eres de los que todavía cree que tu jubilación está guardada en una cajita fuerte con tu nombre?

Si la respuesta es sí, envidio tu inocencia.

También te compadezco.

Verás. Carlo Ponzi fue un genio.

Un estafador, sí, pero un genio.

Su invento era simple: usar el dinero de los nuevos clientes para pagar los intereses de los clientes viejos.

Todo el mundo feliz.

Hasta que te quedas sin clientes nuevos y el castillo de naipes salta por los aires.

Bien. Ahora miremos al Gobierno.

Miremos ese sistema que llaman «sostenible» y «público».

Te quitan casi la mitad de lo que ganas cada mes con la promesa de que, dentro de treinta años, el Estado cuidará de ti.

Te dicen que estás «cotizando».

Te dicen que estás «invirtiendo en tu futuro».

Mentira. Una mentira monumental.

El dinero que te quitan hoy no se guarda en ningún sitio.

No genera intereses. No se invierte en oro.

Se usa, literalmente, para pagar a los que ya están jubilados hoy. Y para mantener la descomunal estructura del Estado.

Dependes exclusivamente de que mañana haya más primos entrando en la rueda para pagar tu parte.

¿El problema? Que la natalidad está por los suelos y las empresas huyen de la asfixia fiscal.

Si una empresa privada hiciera exactamente esto, el director general estaría compartiendo celda con los peores criminales antes del viernes. Se llamaría estafa piramidal.

Pero como lo hace el Gobierno, lo llaman «solidaridad intergeneracional».

Brillante. Le cambias el nombre al atraco y la gente aplaude en los balcones.

Al autónomo lo exprimen hasta desangrarlo para sostener un sistema que está técnicamente quebrado.

Te obligan a participar en un juego donde las reglas cambian a mitad de partida y donde tú siempre pierdes.

La realidad es incómoda, pero es la que hay: te están cobrando hoy por una cena que probablemente nunca te van a servir.

No esperes a que el Estado te salve, porque el Estado solo se salva a sí mismo a costa de tus costillas.

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