¿Cuánto te cuesta pagar el circo donde se insultan los que viven de tu lomo?

¿Alguna vez has sumado las horas de tu vida que pierdes rellenando formularios inútiles solo para que un burócrata te dé permiso de seguir madrugando?

Ayer tuvimos una función de gala en ese teatro de los leones llamado Congreso de los Diputados.

Vino el Papa León XIV. Sí, el mismísimo Pontífice se plantó en la tribuna en su visita histórica a España.

Y no vino con rodeos. Les leyó la cartilla en la cara con una elegancia que a los de los escaños les debió escocer como el alcohol en una herida abierta.

Habló de la «descalificación permanente del adversario». De cómo la pluralidad política ha degenerado en un lodazal de insultos y humillaciones.

Dijo textualmente que la firmeza no exige desprecio y que quienes gobiernan tienen la obligación de «desarmar el lenguaje».

Fue un hombre de paz, cercano y con una altura de miras que dejó en evidencia la estatura moral de los que se sientan abajo.

También les dio un tirón de orejas antológico por la discriminación de los inmigrantes y refugiados, exigiéndoles respuestas coordinadas y reales, no parches de marketing.

¿Y sabes qué hacían nuestros queridos representantes de la patria mientras este hombre les pedía dignidad, diálogo y protección de la vida desde su concepción hasta su ocaso?

Mirar el móvil. Pensar en el próximo tuit de odio. Planear el siguiente ataque de patio de colegio para el telediario de la noche.

Porque a los políticos la altura de miras les da vértigo. Ellos prefieren el barro.

Mientras el Papa hablaba de custodiar la palabra y mirar con hondura lo que está en juego, el hemiciclo apestaba a lo de siempre: oportunismo, soberbia y desconexión absoluta de la realidad.

A ellos les sale gratis insultarse. Cada palabra gruesa que se lanzan de lado a lado del pasillo está subvencionada por tu sudor.

Ellos se gritan, se humillan y fingen que se odian a muerte para salir en la televisión y mantener a su clientela enfurecida.

Pero cuando se apagan las cámaras de la sesión plenaria, se van juntos a la cafetería a reírse de cómo nos vuelven a subir la cuota de autónomos el mes que viene.

El conflicto permanente es su mejor cortina de humo.

Si te tienen entretenido mirando el combate de boxeo verbal entre la izquierda y la derecha, no estarás mirando sus manos mientras te vacían los bolsillos.

El Papa les pidió una «justa delimitación del poder público», un concepto que a Hacienda le suena a chino mandarín.

Aquí el poder público no se delimita; se expande como un gas tóxico que asfixia al que levanta la persiana cada mañana.

Nos exigen una solidaridad que ellos no practican, mientras gestionan los flujos de dinero hacia sus propios chiringuitos con una eficacia que ya quisiéramos para nuestras pymes.

España, como dijo el Pontífice, tiene raíces de encuentro y esperanza, pero la estructura política actual solo genera división y pillaje fiscal.

No esperes que el lenguaje se desarme porque el insulto es rentable para el negocio del Estado.

Mientras ellos sigan cobrando sus dietas íntegras por descalificar al de enfrente, el ciudadano de a pie seguirá encadenado al muro de la burocracia.

La próxima vez que veas a dos políticos montando el espectáculo en el Congreso, recuerda que ese teatro lo financias tú con el atraco fiscal de cada trimestre.

Ellos se quedan con el ego lleno y el bolsillo blindado; tú te quedas con la factura de su circo de descalificaciones.

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