¿Eres conscientemente estúpido o solo te gusta que te roben con una sonrisa en la cara?

Verás.

Ayer mismo abro los periódicos de economía y me encuentro con los titulares de siempre, esos que cocinan en los despachos de los ministerios llenos de moqueta y aire acondicionado.

Te dicen que la macroeconomía es una balsa de aceite, que los indicadores internacionales se estabilizan y que Bruselas, el FMI o cualquier burócrata con corbata de seda bendice el «rumbo del país».

Nos venden que el PIB rebosa salud, que el empleo es de una calidad celestial y que estamos a las puertas de una época dorada de resiliencia y transición digital.

¿Te suena la milonga?

Supongo que sí, porque te la inoculan en vena en el telediario de las tres mientras intentas digerir un menú del día que ya te cuesta un 30% más que hace tres años.

Pero claro, la «macroeconomía» es ese maravilloso invento político que sirve para justificar por qué a ellos les va de lujo mientras a ti se te queda cara de gilipollas al mirar tu cuenta bancaria.

Es pura magia negra estadística.

Si un político se come dos pollos y tú ninguno, la macroeconomía dice que, estadísticamente, os habéis comido un pollo cada uno y que el sector avícola experimenta un crecimiento histórico.

La realidad —la que muerdes cada mañana cuando levantas la persiana de tu negocio o te dejas la espalda en el tajo— es radicalmente distinta y bastante más sangrienta.

La realidad es que la inflación subyacente sigue ahí arriba, agarrada a tu cuello como un parásito hambriento, devorando el poder adquisitivo de cada euro que consigues sudar.

La realidad es que los costes de producción para cualquier autónomo, comercio o pequeña empresa siguen batiendo récords históricos debido a una factura energética indomable y unos peajes ocultos que nadie quiere auditar.

Mientras los de arriba se llenan la boca con grandes palabras como «convergencia europea» y «estabilidad del mercado», a ti te suben silenciosamente la presión fiscal por detrás, sin anestesia.

Te crujen a impuestos directos, te vuelven a indexar los módulos al alza, te inventan tasas ecológicas para que te sientas culpable de respirar y destruyen el margen de beneficio de la gente que de verdad levanta el país.

El dinero público no cae del cielo; sale directamente de tu costilla, de tus horas de sueño y de la frustración de ver que trabajar duro ya no es garantía de absolutamente nada.

El verdadero impacto económico para el ciudadano de a pie es una lenta y agónica asfixia financiera planificada por inútiles que jamás han tenido que pagar una nómina ni arriesgar su propio patrimonio.

La macroeconomía de despacho es el analgésico que te venden para que no grites mientras te amputan la libertad financiera y te vuelven completamente dependiente de sus subsidios de miseria.

Deja de mirar las gráficas que te enseñan los que viven de tus costillas y empieza a contar cuántos billetes te quedan en la cartera a mitad de mes.

La gestión política actual no busca tu prosperidad, busca tu sumisión económica camuflada bajo un mar de tecnicismos macroeconómicos diseñados para que te sientas ignorante.

Si sigues aplaudiendo sus maravillosos datos oficiales mientras tu negocio se desangra, lamento decirte que tienes exactamente el gobierno y la ruina que te mereces.

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