El club de los 2,2 millones de héroes (o cómo el sistema te cruje a impuestos mientras facturas miseria)

¿Te has preguntado alguna vez cuánta gente en este país se levanta cada mañana con la firme intención de perder dinero solo por mantener a flote la maquinaria del Estado?

Te lo voy a decir yo.

Más de 2,2 millones de personas.

Esa es la salvaje cifra de autónomos que, según los últimos datos de la regularización de cuotas de la Seguridad Social, facturan por debajo del Salario Mínimo Interprofesional.

Sí, has leído bien.

La mitad de los trabajadores por cuenta propia de este país no llega ni al mínimo legal que se le exige por ley a cualquier empresa para su empleado más inexperto.

Pero espera, que la película se vuelve todavía más terrorífica.

A un asalariado que gana el SMI se le presupone una red, unas vacaciones, unas pagas extra y el derecho a ponerse enfermo sin que su cuenta corriente sufra un infarto.

Al autónomo no.

Al autónomo se le exige que pague su cuota religiosamente, mes a mes, facture lo que facture, con una burocracia asfixiante que parece diseñada por su peor enemigo.

El nuevo y maravilloso sistema de cotización por «ingresos reales» venía a salvar los muebles, a traer la justicia social y a equilibrar la balanza de la equidad.

Menuda milonga.

La cruda realidad es que lo único que ha hecho es destapar las vergüenzas de un mercado laboral marcado por la precariedad absoluta y la discontinuidad.

Gente que se ve obligada a malvivir saltando de alta en alta, haciendo malabarismos para que la Seguridad Social no les devore los pocos ingresos netos que consiguen rascar.

Hay quienes incluso tienen que compatibilizar su actividad por cuenta propia con un empleo asalariado porque ninguna de las dos cosas les da para llenar la nevera por sí sola.

Y ojo al dato técnico, porque más de 324.000 profesionales ni siquiera pudieron presentar la declaración de rendimientos por diversas causas del laberinto administrativo.

Los burócratas de turno nos dirán que las estimaciones definitivas se conocerán en junio, pero en la calle la tendencia ya la conocemos todos sin necesidad de despachos.

La proporción de autónomos atrapados en el subsuelo del SMI no para de crecer mientras los costes, la luz, los alquileres y las exigencias fiscales siguen su escalada hacia las nubes.

Es una trampa perfecta.

Te empujan al emprendimiento, te venden el discurso del autoempleo y la libertad financiera, y en cuanto abres la persiana, se convierten en tu socio mayoritario a pérdidas.

Si ganas, pagas; si pierdes, pagas también.

Mantener este sistema a costa de la salud mental y el bolsillo de más de dos millones de personas no es gestionar la economía de un país.

Eso tiene otro nombre mucho más feo.

Mientras los de arriba siguen debatiendo sobre estadísticas y tramos desde sus sillones blindados, abajo queda una legión de currantes sosteniendo un muro insostenible.

La conclusión es clara, rotunda y dolorosa: el sistema actual no está pensado para que prosperes, está diseñado para que sobrevivas pagando el peaje, aunque no te quede ni para comer.

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